Nacimos con una falta de “Ser”

La siguiente entrada es un resumen de una de las reflexiones del libro “Libertad Interior” de Jacques Philippe.

Los seres humanos tenemos la necesidad de conocernos, encontrarnos y descubrir quienes somos. Esto se debe a que nacemos con una “falta de ser”. A lo largo de los años, nuestro deseo de identidad nos construye, aunque a veces la cultura o criterios de moda nos proponga un solo modelo y nos dejamos influenciar. No obstante, cada uno toma distintas rutas para poder construir su identidad de forma individual y sin embargo, terminamos por fabricar un “ego”, un “yo” artificial que se aleja del “ser” real. Y, debido a que es artificial, es difícil mantenerlo y necesita ser defendido. El orgullo y la dureza siempre va unidos.

En un plano superficial, con frecuencia nos encontramos con la necesidad de saciarnos con el “tener” posesiones materiales. Nos identificamos con el estilo de vida, los bienes, la casa, el carro, la ropa; pero la ilusión no dura y nos podemos llegar a sentir vacíos o solitarios porque somos preferidos por nuestro dinero o pertenencias y no por nuestro verdadero “ser”.

En un plano más elevado, buscamos satisfacer la necesidad de “ser” a través de adquirir y ejercitar talentos (deportivos, artísticos o intelectuales). Definitivamente, es un medio mejor que el anterior, porque identificarnos con lo que podemos “hacer” nos construye como personas y descubrimos nuestras diferentes capacidades, nuestro potencial, nos da confianza en nosotros mismos y nos permite experimentar la alegría de aportar al mundo con los talentos que Dios nos ha regalado. No obstante, no debemos identificarnos con el conjunto de talentos o aptitudes. ¿Sólo somos eso? ¿Y si perdemos nuestras facultades? ¿Nuestra memoria, nuestras piernas, manos, voz? ¿Dejamos de “ser” nosotros porque ya no podemos “hacer”? Nuestra dignidad es independiente de nuestro “saber hacer”. Y en muchas ocasiones podemos fracasar como profesionales o caemos en una crisis existencial por descubrir nuestras limitaciones. Equivocarnos, nos duele en el orgullo porque un fracaso se convierte en una duda o crisis de identidad.

Construir un “yo” en el plano del desarrollo humano y espiritual suele ser más normal y positivo porque es una motivación para progresar, adquirir dones o talentos, ambicionar “ser alguien” de acuerdo a los valores que aspiramos. Sin embargo no deja de ser artificial y por lo tanto, es una problemática si no se supera. Quizás buscamos realizarnos según determinadas virtudes o cualidades espirituales; lo cual es positivo porque nos identificamos con el bien que somos capaces de hacer. Sin embargo, no debemos identificar nuestro “ser” con el bien espiritual que podamos hacer porque esa identidad podría flaquear ante una enfermedad, emoción fuerte o crisis que debilite nuestra fortaleza espiritual; y así podría causar una crisis de identidad. Se percibe que, si no hacemos el bien, dejamos de ser nosotros mismos; no nos reconocemos.

Todo lo anterior, se debe a que nos sentimos orgullosos al ser los autores del bien que somos capaces de hacer, que nos olvidamos que todo lo bueno que nos ha pasado se lo tenemos que agradecer a Dios. Nuestro cuerpo, nuestras habilidades, destreza, inteligencia, e incluso las oportunidades que nos ha dado la vida. Si fue un regalo de Él, es justo hacer el bien gratuitamente a los demás. El orgullo nos impulsa a juzgar a quienes no hagan el bien o a quienes no nos dejen hacer el bien. Terminamos despreciando a los demás, con temor y desaliento; orgullo y dureza. La virtud contraria al orgullo es la humildad: somos lo que somos; menos la estructura artificial, frágil y amenazada. Eso finalmente nos deja vernos como los ojos de Dios nos ven: niños necesitados, pobres, que no poseemos nada pero recibimos todo por el infinito amor de Dios y la libertad que Él nos da. Los niños no temen nada y no tienen nada que perder porque les sobra el amor gratuito de su Padre. Nuestra mayor dignidad como seres humanos es sabernos hijos de Dios, todos por igual.

Nuestra verdadera identidad, mucho más profunda que el tener o el hacer, e incluso que las virtudes morales y cualidades espirituales, es la que vamos descubriendo poco a poco bajo la mirada de Dios; la que nadie, ni ningún acontecimiento, ni ninguna caída, ni ningún fracaso podrán arrancarnos nunca. Nuestro tesoro está en el cielo, entre las manos de Dios. No depende de las circunstancias, de nuestros éxitos o fracasos; solo depende de la benevolencia y amor de Dios. Esto no significa que debamos ser indiferentes en cuanto a nuestro comportamiento. En la medida de lo posible hay que hacer el bien y evitar el mal; porque el pecado nos hiere más y los estragos son lentos y costosos de reparar. Pero no debemos de identificar a una persona con el mal que cometa porque se pierde la esperanza de que cambie; y tampoco debemos identificar a nadie con el bien que haga (menos a nosotros mismos).

Por otro lado, lo más positivo es tomar todas las oportunidades que hemos recibido, toda nuestra inteligencia, habilidades o talentos y multiplicarla. Todo nos fue regalado para eso, para ponerlos al servicio de los demás. Sí, podemos multiplicar nuestras pertenencias, talentos y actos. Y, cuando nos encontremos con nuestras limitaciones humanas, no nos agobiemos. Al contrario, miremos nuestro ser con el amor que Dios nos tiene y encontremos en Él, la fortaleza para continuar y seguir dando todo nuestro potencial. Nadie puede juzgarnos por nuestras debilidades, al final todos somos seres humanos.

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Pasajeros

La vida no es infinita y, aun así, a los veintiuno, el presente se percibe eterno.

Pero, ¿Qué son un par de momentos comparados con el resto de nuestra existencia?

Recuerdos inolvidables, a los que el tiempo va sobre-escribiendo en nuestras vidas.

Y eso fuimos: un amor pasajero.

Compartiendo un mismo vagón, planificando el futuro perfecto.

Soñadores que, a pesar de comprar un mismo pasaje, terminarían en destinos distintos.

 

Pero fuimos eternos, aunque los segundos volasen; detuvimos el tiempo.

En gravedad cero, flotamos un segundo antes de nuestro primer beso.

Y quedaron suspendidos nuestros latidos, flotando como estrellas en el firmamento.

Y solo después de ese infinito segundo, éstos se atrevieron a llover.

Compitiendo contra el tiempo, por la rapidez con la que viajaban,

solo para deshacerse al tu labio rozar.

 

Pero solo fuimos pasajeros, que compartimos sueños y aprendimos;

Que existen besos entre manos, imanes entre corazones;

explosiones creacionistas y diálogos sin palabras.

Y por eso aseguro, que existe la magia.

 

Siempre supimos cómo terminaba la historia,

Temimos lastimarnos y así lo hicimos.

Fuimos espejos de inseguridades y los miedos testificaron

Que somos culpables de tener bucles de pensamientos y cuchillos en el corazón.

Fui veneno que humedecía tus manos en mi cintura, inyectaba tu cuello,

que besaba tus labios hasta necrosar tu corazón.

Fuiste caos, explosión filosófica que golpeaba mi lógica y mi paz interior.

Francotirador, no quisiste apuntarme, pero así lo hiciste

Y ahora, ya no sé quién soy.

Y no solo duele haberme perdido y haberte perdido, sino verte perdido, sin color y sin amor.

 

Nuestros ojos aún hablan, por eso se esquivan nuestras miradas.

Quizás sea por el miedo de vernos y volvernos a enamorar.

Huiremos, por si se cruzan, porque quema vernos y en ese instante,

La melancolía de no tenerte se refleja en la intensidad del brillo nocturno,

Donde nuestras pupilas gritan lo que piensa el corazón.

 

Y por eso, no nos detenemos,

por temor a que tus ojos con los míos

formen un hoyo negro.

Que el firmamento donde vivíamos,

se transforme en nuestra cárcel,

y que, a pesar de querernos,

nos intoxiquemos

sin poder tener la paz de una bocanada de aire

Y así morirnos, sin oxígeno, mirando tus ojos,

Mirando el vacío que yo misma ocasioné.

 

Y es por eso, que solo eso fuimos: recuerdos inolvidables,

pasajeros buscando un destino.

Y eso somos, un libro abierto,

sumiso ante la violencia con la que el tiempo escribe sobre nuestra piel.

Esclavos de la esperanza de algún día olvidarnos,

Y ser felices como lo fuimos nosotros,

Solo que, con alguien más.

 

Conversaciones Imaginarias

Hay palabras de humo,

Dibujadas entre nosotros.

Conversaciones enteras,

Escritas en el aire.

Frases que no escuché,

Y frases que solo tu recuerdo escuchó.

 

Conocerte es sentir y comprender tu pasión pasiva,

Anticipar reacciones,

escuchar el eco de tu risa a través del tiempo,

y recordar que tu corazón hablaba a través del brillo de tus ojos.

 

Conocerte es imaginar tu mente en acción,

como si dentro de ti,

tus sentidos despertaran de la muerte,

tras aquella escena donde yo fui la asesina.

 

Poco a poco,

mis sentidos olvidan cómo reaccionaban al contacto de tu abrazo,

aún se aturden,

pues escuchan tu voz

en el eco del pasado.

 

Aún se aturden,

al sentir calor en mis mejillas,

al recordar la magia de tus besos,

y cuán bien era el tacto de tus manos frías.

 

Aún existen conversaciones imaginarias,

pero son tan reales que puedo ver el aura de alegría que existía entre los dos.

Reales remitentes,

ningún destinatario,

no cruzan el umbral de nuestras mentes,

no despegan de nuestros labios.

 

El tiempo me ilusiona al simularse eterno,

al dejarme verte y no mirarte.

Al poder sentirte y no tocarte.

Al poder escucharte, sin hablarte.

Ilusión, de que todo vuelva a ser como antes.

 

Y es que antes, competíamos contra el tiempo,

Viajábamos al futuro perfecto

y así cumplimos nuestros sueños

pues los minutos se escapaban,

pronosticando un mal augurio: la fugacidad de lo nuestro.

 

Conexiones mentales, el más fuerte de los apegos.

Si fuimos capaces de adivinar nuestros más ocultos pensamientos,

sospecho realmente que tú eres quien me habla,

quien escucho en mi mente.

Conversaciones de humo,

porque las cenizas aún están calientes.

 

Me pregunto si así conversas conmigo,

sin mover los labios, sin emitir sonido,

pues aún temes saborear veneno,

aquel con el que, sin querer asesiné,

nuestro amor prohibido.

Anti-poema a la melancolía

Vivir en la melancolía es morir ciego,

insensible a la luz que emana del alma humana.

Incapaz de intentar alcanzar la utopía soñada,

y incapaz de destruir la realidad que tanto es criticada.

 

Vivir en la melancolía es teñir de azul el verde,

vivir indiferente porque nada es suficiente.

Derrotarse antes de pelear y morir de inanición,

desnutrido de la esencia de todo lo que da color.

 

Vivir en el pasado,

es abrir heridas de guerra,

caminar de manos, mirando el ayer,

sin soñar lo que te espera.

Codiciar lo que pudo haber sido, pagar el costo del día nuevo,

desperdiciar por la avaricia de querer,

lo que el tiempo no permite volver a tener.

 

Vivir en el mañana, es inutilizar los sueños,

proyectar dolor cuando aún no existe sufrimiento,

representar realidades imaginarias de las que solo tú eres dueño,

planificarlo todo, sin que ocurra nada de aquello.

 

Vivir en el desamor es ocultar tu naturaleza,

confiar tu corazón al hielo de la indiferencia.

El verbo amar solo se conjuga en presente,

aprender a encender sonrisas en el alma de la gente.

 

Para amar, nos tenemos que dejar enamorar,

amar la brisa y la risa, el cielo y el mar.

No solo regalar flores sino aprenderlas a regar,

hacer crecer en nuestra alma un fuego, que contagie a los demás.

 

Que nuestros ojos brillen con la esencia de la vida.

Seamos poetas sensibles,

sorprendidos de las posibilidades de cada día.

Soñadores soñemos que la melancolía no existe.

Que la utopía del amor empieza en una sonrisa.

 

Y si tropezamos en la desconfianza,

por lo inestable de este mundo,

quememos con antorchas,

encendamos hogueras,

seamos rebeldes soñadores luchando en esta guerra.

 

Y si caemos en la desconfianza,

de no amarnos con convicción,

recordemos que un artista encuentra la belleza en su interior.

Si encontramos paz en la naturaleza,

¿por qué no confiar en su creador?

Aprendamos a apostar por la esperanza, la confianza y el amor.

 

 

Rompe-cabezas, Arma-corazones

Las piezas cayeron cual cascada en el suelo. A pesar de la entropía, existía un orden y se inscribió en su naturaleza la misión de encontrar la armonía entre sí. Su propósito era imperceptible pero se enfocaba en encontrar un significado superior. Debían trabajar juntas y alcanzar una visión más amplia de su propia existencia. Pero era difícil al no entender el por qué estaban ahí, en el suelo; sin saber por dónde empezar a construir.

Cada pieza sabía que debía empezar la búsqueda de su complemento. La pieza perfecta para la cuál habían sido creadas. Podría estar en cualquier parte de aquel universo de semejantes. Habrían miles de posibilidades de encontrarla y había que dejarlo en manos de la probabilidad. Ninguna pieza realmente se había observado a sí misma, ni podía identificarse bien. Debido a esto, el caos estalló y cada que encontraban a una pieza nueva, ambas intentaban unirse para ver si eran la indicada. Las piezas poco a poco se daban cuenta del dolor que sentían tras cada separación. A algunas se les iba el color, a otras se les doblaban las puntas convexas, y les dolía volver a intentarlo.

Un día, una de las piezas más lastimadas, decidió retirarse del caos para pensar con mayor claridad. En su retiro, se encontró a si misma y se dio cuenta que debía enfocarse en lo que tenía para dar y en lo que esperaba recibir. Cada una de las piezas tenía una forma distinta y si se agrupaban como cóncavas o convexas podrían disminuir las probabilidades de equivocarse.

Regresó al grupo con la solución y tardaron varios días en terminar de categorizarse según su forma externa. No obstante, aún así no todas las piezas eran solo cóncavas o no todas las piezas eran solo convexas. Debieron crear varios grupos para poder tener mayor control. Aún así, se dificultó el proceso ya que cualquier convexa podría entrar en cualquier concava y además, todas tenían similares características.

Una vez más, las piezas se lastimaban entre sí a pesar de que las posibilidades de encontrar a su complemento, se hubiesen reducido. Cada una buscaba por su cuenta, cada una creía conocer lo que necesitaba. Cada una se movía individualmente, hacia el grupo donde creía que la encontraría, y luego regresaba al suyo propio para descansar.

Sin ni si quiera imaginarlo, poco a poco, las piezas iban encontrando a su complemento. Eran tal para cual. Finalmente, uno de sus lados, tenía compañía y al ahora ser dos, sentían que su propósito superior se conseguiría mucho más rápido. Las parejas empezaron a querer ampliar su visión, a intentar conectarse con otras. Pero algo estaba sucediendo que impedía que las nuevas piezas encajen a la perfección.

La misma pieza filosófica, decidió comprender el problema y se dio cuenta que el motivo principal era que las parejas realmente no habían encontrado a su pieza perfecta. Se dio cuenta, que por más que hayan calzado externamente, en el interior de cada una, existía un color. Y ese pequeño mundo interior, debía de ser uno de los principales factores de búsqueda, adicionales a la forma convexa o cóncava. La fábrica de piezas se las había ingeniado para romper cabezas y confundirlas, ya que las piezas eran todas muy similares. De hecho, en los grupos semejantes se habían encontrado dos o más piezas iguales. Lo único que las diferenciaba era su color. Aunque las piezas habían encajado, no significaba que fueran las parejas ideales.

Por segunda ocasión, la pieza intentó explicar su hallazgo a las demás y todas tuvieron que eliminar el falso progreso para cambiar de estrategia. Se decidió que cada una debía de conocerse a sí misma, y poder definir cuáles eran sus ideales individuales. Poco a poco, con el paso del tiempo, las piezas se fueron curando. Sus colores volvieron a brillar como cuando recién salieron de la caja. Al conocerse a sí mismas, empezaron a agruparse según sus motivaciones internas y dentro de los nuevos grupos había piezas convexas o cóncavas. De esa forma, se hacía más fácil adherirse, porque trabajaban en equipo.

Algunas piezas compartían opiniones con otros grupos y poco a poco, la imagen crecía. Las piezas fueron tomando su lugar. Al trabajar en equipo, se dieron cuenta que el paisaje con el que cada una aportaba, era el del cielo sobre un prado. Cada pieza vibraba de emoción al sentir que pertenecía a algo más grande. Algo que las liberaba de su visión individualista para poder transformar el caos en el que vivían.

Cada pieza recordaba cuál había sido su supuesto complemento, y se sorprendían tras darse cuenta que dicha pieza estaba en cualquier parte de aquel universo. Sin embargo, no importaba qué tan distante haya quedado, aquella pieza era necesaria para la creación de ese paisaje. Todas eran importantes, todas formaban parte de aquel cielo. Y si alguna era más grisácea, era porque las nubes regarían el prado y las flores crecerían con más vivo color.

Las piezas habían cometido un terrible error al creer que solo necesitaban encontrar a su complemento, como si su naturaleza se los pidiera como prioridad. Pero no, las piezas no solo debían encajar con una lateral, sino que debían conectarse con el conjunto de piezas a su alrededor. No existía una sola pieza perfecta, sino un conjunto de piezas que aporten al paisaje. Y a pesar de que dos piezas hayan encajado a la perfección, aún así era difícil separarlas si no compartían la misma visión. No se trataba de encontrar a una, sino que a través de otras, también se la podría hallar. Jamás debieron de intentar e intentar encajar entre sí, ya que se dieron cuenta de cuán lastimadas terminaban e incluso, cuán distinto hubiera sido el paisaje, pues hubiesen tenido colores desgastados cuando finalmente hubiesen podido encontrar cada una su lugar.

De esa forma, cada una tenía una misión de color, no debían convertir la búsqueda de su complemento en su principal objetivo, si es que no conocían su mundo interior. Es mucho más fácil agrupar las piezas que comparten alegrías similares y de esa forma armar corazones. Lo único que las piezas no comprendían era cómo habían recobrado su color. Hasta que se dieron cuenta que nunca fueron perfectas. Al encontrarse a sí mismas, buscaron transformarse y moldearse de acuerdo a lo que deseaban construir. Finalmente se complementaron, sí. Pero recibiendo enseñanzas de otras, dando a las demás, y moldeándose a sí mismas según su ideal. No desgastaron sus colores en la búsqueda final porque lo hacían desde el corazón, y decidían si permitían o no, dejarse lastimar. Y qué hermosa meta, y qué increíble cielo alcanzaron.

Aviones

Él subía a los aviones, solo para volver a bajar y ver cómo, quién dijo que no se iría, empezaba a volar. Solo veía aviones despegar.

Ella miró el avión despegar con lágrimas en sus ojos. Minutos antes había querido infiltrarse en aquel vuelo, pero fue detenida. Al voltear la vista de aquel ventanal y querer continuar con su vida, sus ojos se volvieron a encontrar.

 

Transformarse: el que no avanza, retrocede.

Ahí seguimos, creando un camino al andar. Si no avanzamos; posiblemente, retrocedamos. Por eso, superamos obstáculos intelectuales, físicos, emocionales, psicológicos y espirituales; como si nuestra lucha individual fuera una guerra por salir victorioso y solo conseguir llegar hasta el final. Sin embargo, hay ocasiones en las que reaccionamos a los sucesos, pero no miramos hacia dónde queremos llegar. A veces viajamos sin rumbo, sin un horizonte ¿De qué sirve la guerra diaria, si no existe un por qué detrás?

Tenemos que encontrar un propósito que nos mueva. Imaginarlo, hacerlo realidad e inspirar a los demás. Ese propósito es a lo que llamamos sueño. Es nuestra visión de vida, la que queremos alcanzar. No importa cuántos obstáculos se crucen en el camino, no importa cuántas personas duden de tí, no importa si tú mismo has desconfiando de tu potencial. No son más que barreras, que tras superarlas, permitirán contemplar un nuevo panorama. Con sus propias ventajas y desventajas.

Las barreras siempre existirán. “Pueden matar al sueño, pero no al soñador”. Si nos sentimos atrapados, es momento de adaptarse y avanzar. La clave está en no conformarse, sino en actuar. No es fácil. No hay que estancarse. Hay que escribir nuevas metas por cumplir y no dejar de proponernos, cambiar el mundo. Soñar en grande, que nos den miedo nuestros sueños; pero que se vuelvan retos que poco a poco se irán transformando en realidad. Si nuestros sueños, realmente valen la pena, “podrán matar al soñador, pero nunca al sueño”. Habremos logrado inspirar a los demás, a luchar por nuestra visión, nuestra pequeña aportación al mundo que queremos transformar.

 

Reimaginar la realidad

“La imaginación es la única arma en la guerra contra la realidad” – Alicia en el país de las maravillas.

A nuestro alrededor, existe una muralla invisible; construída con el paso de los años y de nuestras experiencias. No es dañina, no es incorrecta. Todos guardamos los objetos de valor, en lugares seguros. Y cada uno de nosotros, somos lo más importante que tenemos; no podríamos exponernos, con tanta facilidad. En ocasiones, la muralla es creada por nosotros mismos, por distintos miedos que nos impiden dar nuestro potencial. Es infinito el número de cosas que pudiéramos hacer, y si percibiéramos la rapidez con la que pasa el tiempo, no fortaleceríamos nuestras dudas. Al contrario, estaríamos convencidos de que todo lo imaginado se puede conseguir, con esfuerzo.

Nuestro problema yace en que cada día imaginamos menos, soñamos menos y por lo tanto, no tenemos una visión que nos guíe hacia dónde queremos ir y no conocemos el potencial que tenemos por aportar. A veces incluso, soñamos, pero nuestros sueños no nos retan a transformar la realidad. Cada uno de nosotros tiene un don, un poder, un superpoder que puede utilizar para transformar el mundo en uno mejor. Sin embargo, nos conformamos con lo que existe, con la metodología establecida y con lo que se supone que debemos hacer. A veces se debe a que no soñamos, otras a que nos auto limitamos y otras a que escuchamos a quienes están convencidos de que lo imposible no se puede alcanzar. Los retos han sido creados para cumplirse, por más difícil que parezcan, solo hay que empezar.

*Fotografía: Ben Heine. “Lápiz vs. Cámara”.

Teoría del caos

Ella lucía la comprensión en sus palabras. Su cara reflejaba lo que su corazón creía. Sonrisas, lágrimas, miedo, intuición, amor. Sus ojos buscaban fuego en miradas y encontraban belleza donde casi nadie ni si quiera veía. Todo era positivo, todo era divertido. Buscando una aventura para sobrevivir la rutina de su vida. Guiada por un manual paso a paso, ansiando extraviarse en la certeza de su mundo.

Él lucía la determinación en su cuerpo. Sus palabras reflejaban lo que su mente creía. Intelecto, lucha, valentía, deducción y amor. Sus ojos buscaban fuego en miradas y encontraban belleza donde casi nadie ni si quiera veía. Todo era positivo, todo era estratégico. Buscaba una rutina para sobrevivir a la aventura de su vida. Guiado por su brújula, ansiando no perderse en la incertidumbre de su mundo.

Tras la colisión de planetas, la brújula se extravió y el manual se rompió. Lo sabían, siempre supieron que querían un cambio. El nuevo norte solo los guiaba a mirarse a los ojos. Ella sabía que en la incertidumbre había que dudar y pensar. Él sabía que en la certidumbre había que relajarse y amar.

Tras la colisión de planetas, el corazón y la razón intercambiaron lugares. Ella amaba con la cabeza y él pensaba con el corazón. Los niveles de entropía aumentaban, hasta que el aprendizaje fue mutuo. Ella creyó aprender que para amar no era necesario pensar. Él creyó aprender que para amar no era necesario sentir. Lástima que lo entendieron tras encontrar nortes opuestos, sin rutas intermedias donde volver a encontrarse. Poco a poco, la vida regresó a la normalidad.

Lo que no sabían era que con los planes y estrategias de él, ella no entraría en la incertidumbre. Lo que no sabían era que con la espontaneidad e imprevición de ella, él no entraría en la certidumbre. Lo que no sabían era que ella no necesitaría sobrepensar y que él no necesitaría amar sin esperar, porque ella siempre fue capaz de amar y él siempre fue capaz de planificar estabilidad.

Se dice que la tragedia no existe cuando dos cosas malas no pueden suceder. Al contrario, existe cuando dos cosas buenas no llegan a ser.

Protagonistas

A que somos libros andantes, compuestos de historias almacenadas en la piel, la memoria y el corazón. Capítulos que reflejan al protagonista que llevamos dentro, el que escribe su destino y el destino lo describe a él. No es posible leer el libro de cada integrante del mundo. Sin embargo, tenemos la suerte de compartir capítulos o escenarios con personajes a nuestro alrededor. Hay ocasiones en las que nos enfocamos exclusivamente en nuestra escritura y olvidamos que cargamos una pluma con la que podemos ayudar a mejorar la historia de alguien más. Creemos que para ser protagonistas se necesitan superpoderes o magia para poder ser únicos, importantes o especiales. No nos damos cuenta, que la realidad en la que vivimos está compuesta por magia y solo debemos aprender a usarla. Cada protagonista tiene superpoderes que desarrollar, misiones por cumplir, enemigos que enfrentar y coprotagonistas con quiénes disfrutar. La magia está en convertir el día a día en aventura, en una fuente de deseos cumplidos y de finales felices con estilo propio. Y es la individualidad de cada protagonista, de quien depende cómo continúa la siguiente página. Tal vez no sea necesario asistir a una academia de magia o a un entrenamiento para superhéroes, pero cada uno recibe un don que debe cuidar, explorar y explotar. Hay protagonistas que tienen el superpoder de reproducir el tiempo y alcanzar a hacerlo todo; otros, tienen la capacidad de leer mentes y emociones y saber qué decir y cómo ayudar; hay quienes envían oleadas de alegría; y otros, con oídos biónicos que saben escuchar lo que hay más allá. Cada protagonista debe encontrar su magia, cada uno debe darle sentido al libro que aún falta por terminar. Sin embargo, uno de los poderes más escasos, es el de identificar la magia que tienen los demás. Saber redactar la esencia y escribir párrafos con tinta invisible y permanente en los libros de quienes comparten nuestros escenarios. No porque el protagonista se vea obligado, sino porque le nace hacerlo y consigue desarrollar la prosa y los versos de quien haga contacto con ellos. Es por esto que existe la magia y vale la pena transformar el mundo con nuestro propio tintero, con nuestros propios superpoderes que debemos desarrollar; porque somos los protagonistas de nuestro libro y siempre el bien vence al mal.